En tiempos bíblicos, el patriarca Jacob condujo a su familia a Egipto, el granero del antiguo Medio Oriente, para escapar de la hambruna en Canaán. En la época romana, el valle y el delta del Nilo, enriquecidos por la crecida anual del río con lodo aluvial, se habían convertido en el granero de la capital imperial. El rey Herodes construyó un puerto artificial en Cesarea para facilitar el crucial envío marítimo de trigo a Roma. Hoy, sin embargo, el otrora fabulosamente rico país africano se ha convertido en un caso perdido económico incapaz de financiar su deuda externa de unos 165.000 millones de dólares o de alimentar a su floreciente población de 114 millones de personas.

El presidente Abdul Fattah el-Sisi arrebató el poder al líder islamista Mohamed Morsi en un golpe de Estado en 2013. Sisi y su cleptocracia militar-industrial se han inspirado en la teoría económica keynesiana para estimular el crecimiento y modernizar el país. Pero la construcción de megaproyectos para arreglar las quebradas finanzas del país ha desencadenado una caída libre de hiperinflación y devaluaciones.

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