Tras más de siete meses de guerra, Israel se encuentra en una encrucijada existencial. Un camino conduce a un aislamiento cada vez mayor y a la ruina potencial: El otro conduce a alianzas internacionales más estrechas, estructuras defensivas reforzadas, acomodación regional y perspectivas económicas prometedoras.

Este predicamento autoinfligido se ha ido agravando desde que el gobierno de Netanyahu puso en peligro la trayectoria ascendente del país con su temerario asalto a la democracia. Las consecuencias diplomáticas y para la opinión pública antiisraelí de la guerra de Gaza pusieron claramente de manifiesto la magnitud del daño potencial. El ataque con misiles iraníes a mediados de abril y su derrota por una coalición ad hoc de fuerzas aliadas con Israel dejó muy claras las alternativas. 

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